miércoles, 3 de febrero de 2016

Papi


Este relato escrito a dos manos por Julia Cambil y un servidor, participa en la convocatoria que promueve el Círculo de escritores con la temática: Relatos a dúo. Padres e hijos.

Esperamos que sea de vuestro agrado.




Julia Cambil

Aún no he terminado de recoger tus cosas. Tía Mónica me lo recuerda constantemente estos días y me apremia a hacerlo, pero me da miedo. Aunque sepa que ya no estás, aunque sepa que no vas a volver. Lo cierto es que algunas me recuerdan tanto a ti, eran tan tuyas, que me parece que si las toco te estaré invocando y de paso, poniéndote furioso. No sé, quizás fuera divertido verte furioso de nuevo ahora que ya no puedes hacer nada.  
 
Con el tiempo casi han desaparecido todas las marcas de mi cuerpo, pero nunca dejaré de padecer las que llevo en el corazón. No lo entendía, papi, no quisiste explicarme tu pena más que a golpes de cinturón y yo era demasiado pequeña, yo eso no podía entenderlo. De todas formas nadie deseaba verlas, las marcas quiero decir; todos sabían y preferían volver la cara. Creo que tenían más compasión por tu pérdida que por mi indefensión. Espero que ahora tampoco quieran ver las tuyas, porque con la emoción de hacer realidad al fin mi sueño no he sabido ocultarlas muy bien. No creo que importe, nosotros tampoco le importábamos mucho a nadie.
 
No quiero que me perdones, papi, yo tampoco voy a perdonarte a ti nunca, pero sí quiero que le digas a mamá que no fue culpa suya marcharse tan pronto. Quizás entre el cielo que ella habita y el infierno al que yo te he enviado haya algún punto de encuentro. Dicen que me parezco mucho a ella, que tengo sus ojos, ¿ella también los tenía tan tristes? No consigo acordarme.
 
Ya viene la tía Mónica; tenemos que cerrar la casa. Dice que no me preocupe, que adonde ella me lleva no estaré sola. Me parece que no entiende de las soledades que van tatuadas a  martillo en el corazón. Tu martillo, mi corazón. Yo siempre estaré sola por dentro.




Francisco Moroz


Carta encontrada dentro de un libro dos semanas después.


Si llegas a leer estas letras ya no estaré contigo pues tú, con todo el dolor que te he infringido habrás acabado con mi angustia, con mis terrores y con mi cuerpo que ya no me correspondía desde que fui poseído por el miedo, enloquecido por no saber acabar con todo el sufrimiento. Tanto el tuyo como con el mío.

Las cosas no son fáciles de explicar, pero lo intentaré:

Tu madre te amaba como fruto que eras de sus entrañas pero yo no te acepté como algo mío, no podías serlo. Era estéril, no podía engendrar nada,  y cuando tu madre me anunció su embarazo no supe reaccionar adecuadamente, pues comprendí su traición. Yo la amaba más que a nadie en este mundo y por ella, sólo por ella, intenté quererte como el padre que no era.

Hasta los tres años eras una niña preciosa, envidia de muchos, perfecta en todo. Risueña y cariñosa. Después todo cambió, como si al cumplir tu cuarto año, una maldita profecía se desatara.

Tu madre murió en extrañas circunstancias, sin confesar su engaño; me la encontré en el suelo de la cocina con una botella de agua medio vacía a su lado. Cuando el médico forense vino a levantar el cadáver su veredicto inmediato fue suicidio por ingestión de veneno. El contenido de la botella no sólo era agua.

A partir de entonces, sucesos extraños parecían repetirse cerca de casa: un vecino ahorcado, atropellos inexplicables, perros muertos, niños desaparecidos.
Naturalmente nada de todo aquello lo relacionaba contigo, hasta la noche en que parecías hablar con alguien.

Sigilosamente me asomé a tu cuarto y delante de tu cama, de espaldas a mí, una figura te miraba, y tú conversabas con ella.

Enloquecí de espanto cuando comprendí la situación a la que debería enfrentarme.
Es cuando empecé a beber sin control, para olvidar, para desconectar y anularme. Pero cuando te veía, esos recuerdos malditos venían a mí y yo los liberaba maltratándote, ya no veía a la dulce niña a la que aprendí a amar. Quería acabar contigo, pero nunca me atreví a hacerlo.

Te provoqué sin embargo, para que tú hicieras lo que has hecho conmigo. Las marcas que te dejé se curarán, las que me hiciste tú me las llevo a la tumba.
Pero has de saber que al igual que yo te descubrí, otros lo harán tarde o temprano. Nada más que siento lástima por mi hermana Mónica, la única familia que te queda, ella seguro me seguirá muy pronto.

Tú no tienes nada que ver conmigo, ni con el amor. Tu madre era pura hasta ser poseída por él, por tu auténtico padre del que llevas la marca en la piel, la única que no se podrá borrar mientras habites en esta tierra…



...Estarás sola por dentro. ¡Siempre!





lunes, 1 de febrero de 2016

Camino sin retorno



Nunca imaginé que trascurridos unos años ya estaría deseando volver a mi lugar de origen. Una y otra vez desandaba el camino hasta donde empezó todo, e irremediablemente me topaba con la ventana de la casa a través de la que me asomaba por si veía algo que me recordara quien era yo en realidad.

Pero ahí acababa todo, como si nunca hubiera existido una salida al otro lado. Todo difuso y neblinoso en mi mente. Algo faltaba en esta casa pero por más que me asomara a la ventana no conseguía dilucidar de qué se trataba. ¡Quería entrar y no podía! ¿O era salir?

Este mundo que habito es de locos, todos parecen personajes escapados de un manicomio y no me encuentro segura, quiero escapar. Quiero salir de aquí para regresar a mi hogar ¡Pero no sé cómo! ¿O era entrar?

Mis inquietudes no son las de antes, y no obtengo satisfacción en las respuestas evasivas, o en las preguntas contestadas a su vez con otras preguntas. Todos se ríen de mis pretensiones y de mis ganas de escapar ¿O era de reencontrarme con mi propia historia?

Estoy un poquito harta de todos los individuos que me acosan y presionan y me someten a sus caprichos, siempre a contrarreloj, tan organizados ellos... ¡Corre corre que llegamos tarde! ¡Come! ¡Hora de dormir! ¡A descansar!
¡Dios que estrés!

Tan solo consigo rememorar que un día llegué siendo joven y ahora cuando me miro al espejo me veo a través de él y no me reconozco ¿Quién soy? ¿O quién no soy?

Creo que me estoy volviendo paranoica  y que estoy perdiendo la cordura a la par que la juventud. Estoy en un país de dementes acelerados, extravagantes y surrealistas; nada parece tener lógica ni pies ni cabeza. ¡Necesito escabullirme de este mal sueño! Y despertar.

De nuevo vuelvo a correr hasta golpearme contra el cristal. Me asomo y tan solo consigo ver oscuridad y mi reflejo. Me pongo nerviosa y me entra miedo y grito de desesperación incontenible.

No hay nada al otro lado, he perdido la puerta por la que entré, la han clausurado ¡No puedo salir! ¿O es entrar lo que deseaba?

¡No recuerdo! ¡No recuerdo casi ni mi nombre! y eso me confunde.

Vuelvo a gritar a agitarme nerviosa y es entonces cuando ellos vienen como titanes. Me agarran y me fuerzan a callar, me hacen daño y lloro balbuceando la única palabra que parece haberse anclado en mi cerebro de cuando era niña, la repito una y otra vez: ¡Carroll!¡Carroll!¡Carroll!
¡Ayúdame! ¡Tú me metiste aquí!

Y una voz dulce y consoladora me tranquiliza con su sedosa tonalidad, a la par que me acaricia la cabeza con suave mano, y entonces reconozco mi nombre cuando lo vuelvo a oír de nuevo salida de esa boca:

Alicia, estate tranquila ¡Es la hora de tu medicación!




                                                                                        Derechos de autor: Francisco Moroz.

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