Mostrando entradas con la etiqueta RELATO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATO. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de junio de 2017

Todas las primaveras






La niña vio el cortejo desde detrás de un muro ruinoso de un aprisco cercano.

Nueve hombres caminando hacia el cementerio. Tres maniatados con soga de costal, seis con los fusiles terciados, celosos vigilantes de los que ya parecían ser cadáveres demacrados y cabizbajos vestidos de pobres labradores.

Los pusieron contra la tapia, apuntaron y dispararon a escasos metros para no fallar.

Después del tiro de gracia algunos de ellos encendieron un pitillo. Alguien soltó un improperio grosero y entre algunas risas, se marcharon despreocupados de la muerte ajena que dejaban atrás.

La niña corrió al pueblo para contar lo que había visto. Muchos no quisieron oír y la dieron la espalda. Otros callaron por temor a represalias. La mayoría la ignoraron como chiquilla que era, mirándola con indiferencia o desprecio por ser hija de quién era.
No hubo flores para un funeral ni tan solo un recuerdo.

Veinte años después una muchacha se acerca a un árbol y permanece en silencio. Medita, reza, reflexiona y llora.
Cuarenta más tarde la misma mujer con un hombre y tres muchachos que corretean alrededor de un almendro en flor.

La vida la trató bien después de todo. Creció en un Orfanato; estudió lo que pudo y aprendió a coser para ganarse la vida. Se enamoró de un buen hombre que le dio esos tres preciosos hijos y se siente afortunada de tener un secreto jamás revelado a personas ajenas.

Con ochenta y siete años apenas puede moverse. Sentada en su silla de ruedas cuenta a sus nietos como lo hiciera antes a sus hijos, aquella historia de muerte y dolor. Cuando con sus ojos de niña vio como mataban a tres hombres junto al campo santo.

Los enterró con sus propias manos bajo aquel árbol pequeño, cuando nadie más quiso hacerlo.
Fueron su padre y sus dos hermanos los que murieron aquel día por asistir a misa.

Siempre tuvo el consuelo de que cada primavera, fueran los primeros en tener flores rosáceas de almendro sobre sus tumbas.

La memoria histórica fue solo la suya. Las guerras se han de olvidar junto al odio, pero nunca a los muertos que deja entre unos y otros.


Derechos de autor: Francisco Moroz


Relato presentado en la comunidad: Relatos compulsivos Con la temática de "Flores para un funeral"

viernes, 9 de junio de 2017

Un traje viejo





Se pone el traje raído y la corbata gris, añadiendo un pañuelo blanco que sobresale ligeramente del bolsillo de la chaqueta.
Sonríe solo de imaginar la cara de su amada Carmen si le viera vestido como cuando se encontraron por primera vez en la Estación del Norte.

El venía a recoger un paquete para sus padres que le mandaban unos tíos suyos desde Medina del Campo, y ella bajaba tímida y desconcertada de uno de los vagones. Se la notaba nerviosa y asustada.

Se quedó prendado de esa muchacha desde que la vio. Recuerda que no pudo resistir el impulso de dirigirse a ella con la educación y el respeto que le inculcaron sus progenitores.

Al principio desconfió de él, una chica de provincias que viene por primera vez a la capital, no puede menos que hacerlo. Mucho desalmado intentaría aprovecharse de su inocencia; eso les dicen todas las madres a sus hijas. Pero una vez que él se presentó y le prestó su ayuda para encontrar el domicilio donde ella iba a servir como doncella de unos señores, pareció bajar un poco la guardia relajando la tensión de su rostro y regalándole una bonita sonrisa.

Recuerda que la invitó a café, el primer café compartido, de los muchos que tomarían después juntos.

Por eso cada aniversario se pone este traje y se pasa por la estación ¡Cómo ha cambiado todo! Hace muchos años que ya no vienen trenes del Norte, pero a él no le importa. El que tuvo que venir ya lo hizo hace muchos años.
Después se va al local, aquel donde tomaron su primer café, “Gijón” se llama. Se sienta justo en el mismo espacio donde se sentaron hace tanto tiempo, eso no ha cambiado en esencia todavía. 

Se conservan las mismas mesas y sillas donde ellos se sentaban; los mismos espejos donde veía reflejado su bonito rostro. Cada vez que salían a pasear, paraban allí para saborear ese café que significaba todo un vínculo entre los dos. 
Naturalmente que lo hacían cada aniversario, desde el primer encuentro, como hoy, uno más de los muchos que ya va celebrando solo.

Más tarde comprará un ramo de flores rojas y blancas e irá a llevárselas al cementerio. Se sentará junto a ella y le dirá lo mucho que la echa de menos, que sin ella nada es lo mismo. Le contará de esos hijos que crecieron y marcharon lejos, y que alguna vez de tarde en tarde vienen a verle. Acariciará el frío mármol como cuando acariciaba su cálida mejilla mientras imagina, su cara bonita de muchacha provinciana. La de esa mujer que posa junto a él en un retrato que se hicieron en la plaza Mayor hace…ni se acuerda cuantos años, y que conserva en su mesilla de noche, al lado de esa cama que se le hizo grande y fría desde que ella volvió a coger un tren que nunca regresó a la estación de la vida.

Sonríe de nuevo, como cuando salió hace unas horas a la calle, volviendo a imaginar la cara picara que ella pondría si le pudiera ver con este traje gastado que ya le viene grande haciendo juego con la corbata gris y el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. 
Lo guarda como oro en paño, solo para ponérselo en las grandes ocasiones como la de hoy. Para encontrarse con su amada esposa una vez más, hasta que la muerte los vuelva a unir.

Una lágrima furtiva se le escapa mientras vuelve a marchar a casa con andares cansados y espalda encorvada.

Reflexiona sobre el eterno amor y la breve vida.




Derechos de autor: Francisco Moroz

jueves, 1 de junio de 2017

Recuerdos de niñez






“Hoy hace un año, comenzó nuestro principio”

Con esta contundente frase terminaba un manuscrito  deteriorado por la humedad y el fuego que había encontrado debajo del cobertizo de las mulas. Lo único legible, que se convertía por ello, en una cita lapidaria.

Regresó de otra tierra donde se refugió y preservó su vida, a la vez que pretendió olvidar un pasado que ahora quería recuperar.
Medró en la corte real, reclamando el título nobiliario que le correspondía por herencia.
Quería saber las circunstancias que provocaron su alejamiento del solar familiar.

Recuerda como dentro de una nebulosa el comienzo de su forzado viaje: Las prisas, los cuchicheos y la oscuridad de la noche sin luna. Recuerda el sabor salado de las lágrimas de su madre que llegaron a su boca y el fuerte abrazo de su padre, con el que confirmaba la confianza que depositaba en él, un niño de seis años. Su único heredero.

Después rememora el frío de las montañas y el miedo a los aullidos que parecían seguirles durante el viaje.

Veintitrés años después regresaba para encontrar unas ruinas quemadas, allí donde se erigía antaño su hogar. Aquél donde de manera inusitada se puso fin a su niñez.
Su mentor, que le acompañó en el forzado destierro; hacía unos meses que había muerto de viejo. Feliz por haber cumplido su misión.

Antes de exhalar su aliento postrero, depositó un anillo en su mano diciéndole: –Nunca olvides quien eres– e instándole a encontrar sus raíces y su historia.

Cinco años después de su regreso ¡Por fin! Se hallaba donde le correspondía. En las tierras que antaño fueron igualmente concedidas por el rey a su familia.

Ha vuelto a reconstruir el castillo. Más alto y recio, más escarpado. Para que no se vuelvan a repetir las circunstancias que forzaron su exilio.

Ahora, la población de la que es señor y de la que salieron los verdugos de sus padres, tendrá que pagar el tributo de venganza correspondiente.

Luce en su dedo un anillo con un dragón.

Vlad IV empezará a ser conocido como Drácula, el hijo del diablo.



Derechos de autor: Francisco Moroz


                      Relato presentado en la comunidad de: Relatos compulsivos.



sábado, 13 de mayo de 2017

Amor del propio




Temía fracasar y por ello nunca se presentaba a esos concursos para escritores que proponían algunas comunidades de blogueros, donde aficionados a la escritura competían con sus letras para que estas bien conjuntadas y conjugadas, presentaran una historia coherente y sugestiva que al jurado lector le pareciese digna de ser mencionada con un premio que lucir orgulloso en su muro.

Se conformaría con ser leído y comentado, pero a causa de su timidez e inseguridad no se atrevía nunca a subir ninguno de sus escritos a la red. A él no le parecían malos, pero temía las críticas de las personas que tenían muchas tablas en ese asunto de darle a la tecla con propiedad. Y es que los había ¡Muy pero que muy buenos! Y el respeto que les tenía era del mismo calibre que el profesado a sus maestros en sus días de escuela. 
Siempre los veía superiores, sobradamente preparados y cultos con respecto a sus escasos conocimientos sobre toda materia que el pudiera poseer.

Pero es que le encantaba hacer malabarismos con las sílabas y las consonantes, con las palabras y frases que formaban una idea, una historia narrada en drama, romance, poesía o ficción. Estaba subyugado con la literatura, con los libros y con ciertos autores que sabían contar lo que a él nunca se le hubiera ocurrido ni en sueños.

Por ello se sorprendió a sí mismo una mañana, cuando al despertar lleno de energía y motivación, encendió el ordenador y buscó una prueba a la que apuntarse. Demostraría toda su valía y seguro que conseguía algún pequeño premio que le desquitara de su continuo anhelo.

Se inscribió y participó. Espero con expectación durante quince días, y para su satisfacción recibió los aplausos virtuales y los agradables comentarios de felicitación de los asistentes al evento y en Facebook, sus seguidores le dieron muchos likes. Y por descontado le concedieron la copa virtual al campeón.

Era su primera prueba y la había superado con creces. Y es que acertó tantas veces seguidas en la diana con los dardos, que sus contrincantes quedaron desbancados enseguida.

En otra ocasión se apuntaría a concursos literarios. De momento se conformaba con su pequeño triunfo.




Derechos de autor: Francisco Moroz



Relato presentado al reto de las tres palabras en la comunidad de: Relatos compulsivos

jueves, 11 de mayo de 2017

El quinto elemento





En la habitación parpadean unas luces azules y amarillas, un foco ilumina el centro de una mesa. Alrededor de ella cinco hombres importantes controlan los designios de todo el mundo. Unas pantallas de ordenador son testigos mudos del enfrentamiento.

En estos momentos el silencio reina en el habitáculo, un silencio que se podría cortar con un cuchillo a causa de la tensión con la que está cargado.
De pronto uno de los individuos con galones, habla para decir al que tiene en frente:

-Creo que esta zona la acabas de perder campeón, tu estrategia de defensa no ha sido la más adecuada. Has apostado tus tropas en un llano donde son visibles desde lejos, siendo blanco fácil para mis soldados y mis cañones.

-¡No puede ser! – responde el otro enrabietado. Creía que los árboles de ese bosque cercano me ocultarían de tus oteadores. Pero espera, creo que tengo una sorpresa para ti... 
Coge una de las tarjetas que tiene a su lado y después de leerla sonríe enseñando los dientes cual lobo a punto de lanzarse sobre su presa.

-¿¡Qué!? –dice el otro.

-Malas noticias para ti mi comandante acabas de morir a causa de un certero disparo realizado por uno de mis francotiradores apostados en esos matorrales que no has visto. Muevo a mis unidades a posiciones más ventajosas mientras tú pruebas suerte en tu turno a ver si consigues ascender a alguno de tus capitanes para que asuma el mando. -El primero pega un puñetazo encima del tablero que descoloca alguna de las piezas situadas en los casilleros-.

-¡Eh, Eh, Eh! –dice un tercero, tranquilo colega, esto es como el ajedrez, un juego de caballeros, si no sabes perder te levantas y te relajas dándote cabezazos contra la pared. Estas partidas son serias y se necesita cierta disciplina militar, para encajar los resultados negativos de tu mala gestión como estratega.

-¡Bien dicho mi general!- responde un cuarto-.  Pero usted descuidó la retaguardia en su anterior jugada y me toca mover a mí. -y mientras se dirige con esas palabras a su mando superior, coloca por detrás y por delante de unas figuritas de soldados vestidas de verde, otras con soldados coloreados de rojos y unas más con forma de tanques.

 - Creo que acabo de desbaratar los planes de avance por este sector, está usted bloqueado.

-Me caguentó! ¡No es posible!¿De donde han salido estas piezas?¡Maldita sea tu estampa!

-General, dice el comandante, aplíquese la consigna que me dio hace un ratito. Hay que saber encajar las perdidas, y ya que hemos sido derrotados y nos hemos quedado sin munición y sin territorio que conquistar y defender para nuestros respectivos países ¿Qué le parece si salimos afuera a echar unos pitillos?

En ese momento las paredes y el suelo empiezan a temblar como por efecto de un terremoto, vibran los paneles y las luces azules se ponen rojas e intermitentes. Los ordenadores enloquecen entre pantallazos; unas sirenas angustiosas empiezan a emitir su alarmante sonido y otro más ronco se superpone a él.

Los cuatro individuos miran a un quinto con la incertidumbre y el miedo pintado en sus rostros.
Uno de ellos, el malogrado general, interroga con la mirada al personaje en cuestión, que se encuentra cerca del tablero de mando, y este, se encoge de hombros y les dice con voz pausada a los otros cuatro:

-Creo que acabo de derrotaros a todos, de manera magistral.

-¿Cómo? -pregunta el comandante.

-Cuestión de suerte y oportunidad. Pues en la tarjeta que cogí en mi turno de jugada ponía: "Puedes apretar el botón rojo y con eso concluirás la partida siendo ganador absoluto de los juegos de guerra nuclear".

Mientras el quinto hombre comunica esto a sus cuatro compañeros, afuera, en la explanada, se abren las compuertas de los silos donde se almacenan los misiles de largo alcance con ojiva activada, que apuntan al resto de naciones. 

En unos escasos 15 minutos quedará terminado definitivamente este pasatiempo tan entretenido en el que  seguro quedará mucho escombro y devastación y al menos 10 millones de almas menos. Y lo peor de todo es, que los juegos de rol crean adicción y otros, podrán volver a jugar otra partida.




Derechos de autor: Francisco Moroz

domingo, 30 de abril de 2017

Nada te turbe





Los acontecimientos se precipitaron de manera inesperada. Los periódicos se hicieron eco de la noticia y todos respiraron tranquilos y aliviados ¡Por fin se había detenido al asesino!

Desde 1982 sin fallar ni uno solo, durante las celebraciones de la tradicional Semana Santa de Cuenca se cometía un asesinato. La víctima siempre era uno de los miembros de alguna de las cofradías de las muchas que participaban en las procesiones que tenían lugar durante esos días.

Treinta y cinco muertes injustificadas cuya resolución había tenido en jaque al cuerpo policial y a la guardia civil. Esclarecimientos de los hechos que daban un respiro al gobernador que compareció ante la prensa nacional explicando con detalle cómo se habían acometido los trabajos de investigación y seguimiento para detener al culpable. Este no era otro, que un conocido sospechoso y en principio simple alborotador. Que aprovechaba los tumultos y las concentraciones masivas de personas, que se originaban en los desfiles de las diversas cofradías a lo largo de las calles de la población Castellana para cometer sus crímenes.

La única prueba aportada era el haber encontrado al culpable tirado en la acera junto al cadáver de su última víctima. puesto de alcohol hasta las trancas y las manos llenas de sangre. Suficiente para inculparle y cerrar el ominoso caso que tenía desquiciadas a las autoridades, aunque no hubiera rastro del arma homicida.

                               


Cada vez le resultaba más difícil ser el mejor timbalero de la procesión conocida popularmente como: "Las Turbas."* Eran muchos los que querían ingresar en esta cofradía de hermanos tan famosa en la comunidad castellano manchega y con renombre a nivel mundial.

Muchos eran los candidatos que querían destacar con sus tambores haciéndolos sonar con furia en los desfiles del viernes santo. Pero solo él ponía verdadera devoción en lo que realizaba.

Cada golpe con la maza en el cuero de su timbal, formaba una letra que a su vez se convertía en frase y esta, en una especie de sincopado rezo en forma de canon repetitivo que memorizó de uno de los poemas de la Santa Teresa y que rezaba: 

“Nada te turbe nada te espante. “Todo se pasa, Dios no se muda todo lo alcanza.”

Cada año se imbuía de fervor por “su tradición” que era como una penitencia de obligado cumplimiento. Golpear y golpear hasta la sangre repitiendo las letras que formaban la frase. 
Sabiendo que se jugaba su integridad física. 

Este era su último año en Cuenca. Se saldría de la cofradía y se incorporaría a alguna de Sevilla, Salamanca o Valladolid. En realidad le daba lo mismo, el caso era acometer con entusiasmo su misión en este universo de pecadores.

Su timbal lucía con orgullo las señales ensangrentadas y resecas que año tras año como galardones, volvían a humedecer el parche de cuero de becerro que cada vez sonaba más recio, más grave, más ronco y que hacia vibrar su corazón, y enaltecía su alma inmortal con su sonido inigualable y carismático.

Lo único que le diferenciaba a él de los demás tamboreros era precisamente esa sangre impregnada en el mazo, en el cuero y en sus manos.
Los demás se dejaban su propia piel en cada toque. Él elegía víctimas propiciatorias como hiciera Abraham en su momento, y las inmolaba para que formaran parte de cada una de las letras de su oración.

La Semana Santa del 2017 llegaba a su fin y con ella un ciclo. Elegiría una nueva oración, una nueva ciudad y unas nuevas víctimas.

Sonreía cuando en los noticiarios oía como le calificaban de asesino en serie, cuando en realidad era un fervoroso y piadoso penitente.


Derechos de autor: Francisco Moroz


*"Las Turbas" 
Una procesión que tiene lugar el viernes santo en la ciudad de Cuenca, dentro de las celebraciones de la Semana de Pasión.
 También conocida como la "Procesión de los borrachos" o 
"La Tamborrada" se caracteriza por la asistencia de miles de cofrades que gritan mientras hacen sonar timbales, tambores y clarines. Símbolo del escarnio al que fue sometido Jesús de Nazaret.



Propuesta presentada al reto de la comunidad: Relatos compulsivos.
Escribir una historia basada en la imagen que la antecede.



jueves, 27 de abril de 2017

Arrebato fatal




Nada más regresar a casa y abrir la puerta noté las malas vibraciones que fluían a través del pasillo. Esa atmósfera densa en la que se podía masticar la tensión.
Saludé no obstante por si hubiera alguien, pero nadie me contestó, o al menos ese alguien no quiso hacerlo.

No le di mayor importancia al asunto y me dirigí al baño para asearme rápidamente y sentirme fresco después de la jornada agotadora en la fábrica. Por el olor que había aspirado al entrar, hoy se preparaba algo sabroso en la cocina. Mi mujercita es buena cocinera y lo demuestra cada vez que me sorprende con esos aromas y sabores culinarios.

Con lo cual,  suponiendo que ella se encontraba realizando alguna maravillosa especialidad gastronómica, dirigí mis pasos hacía allí, donde un estómago hambriento dirige a unos obedientes pies.

Nada más asomar por la estancia me percaté muy tarde que no me había metido en la cocina, sino en la boca del mismísimo lobo, personificado este, en la figura femenina de mi consorte.

Su cara era la fiel estampa de una de las furias mitológicas y su actitud ejemplo de posesión diabólica; hablaba sola mientras caceroleaba y echaba utensilios a la pila y removía un sofrito en una sartén con inusual energía y brusquedad.

Cuando la saludé pegó un brinco del puro sobresalto al no esperar mi presencia. Comprendí el porqué de la falta de respuesta ante mi anterior saludo al entrar en nuestro hogar: No me había oído, pero esta vez sí que lo había hecho, y en cuanto se recompuso de la sorpresa me miro echando chispas por los ojos y el que tuvo que oírla fui yo. Empezó a decirme:

-Tú y tu santa madre me tenéis hasta la coronilla. –Esto lo hacía mientras sostenía una cuchara de palo en la mano como una herramienta mortal.-

-¿Pues qué le pasa a mi madre? ¿Y qué he hecho yo para merecer tal recibimiento?

-¡Nada, el señorito no ha hecho nada! ¿Quizás que la has dicho que viniese a comer hoy que no tenía plan ni previsión de que lo hiciera?

-Mujer, es mi madre, y me llamó anoche porque tenía ganas de vernos y me preguntó si era buen día para venir.

-¡Eso mismo es lo que pasa! ¡Y aún te parecerá poco! –Respondió.

-¿Porque yo no cuento? ¿A mí no se me consulta si me viene bien o mal? ¿Yo soy el mero instrumento para preparar la comida para complacer a la mamá y a su hijito? ¿Es eso? ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Esto termina aquí!

Dicho y hecho, había soltado el cucharón de forma rápida e inesperada, y con la misma soltura y no sé bien como, vi aparecer otra herramienta en su mano, una que podía ser perjudicial y que me hizo sentir inseguro. Un cuchillo afilado que parecía soltar los mismos destellos asesinos que su portadora.

-Tranquilízate mujer, -le dije, a la vez que levantaba las manos como símbolo de rendición-
-Sabes que estas cosas son inesperadas y tienes que decidirlas en el momento, sin consultar a terceros.

Ese fue mi gran error, no mediaron más palabras. Ella me lo había lanzado al pecho.

Vi con sorpresa como, en mi camisa blanca se formaba una mancha roja que se extendía, mientras goteaba hasta el suelo formando un pequeño charco salpicado con trozos de lo que parecía carne picada.  Entonces comprendí con horror lo que había pasado. Creí morir en el momento en que me percaté de que la muy…

...Me había tirado al pecho el bol, lleno de esa salsa a la boloñesa que sabe que me gusta tanto.
Con su acción me daba a entender que la conversación había concluido, y que hoy me quedaría cabreado y con hambre. 

Ella sin embargo siguió troceando con la afilada herramienta de cocina, una lechuga.

¡Tan frescas las dos y como si nada!



Derecho de autor: Francisco Moroz







sábado, 15 de abril de 2017

Allegro ma non troppo





Me figuro que como todas las cosas, también la existencia tiene un periodo de caducidad y es por ello que ahora nos encontramos aquí, haciendo balance de lo bueno de todo lo que hemos compartido. 
Lo que nos queda ahora que nos enfrentamos al final.

Nos conocimos en la calle, yo era una perdida, de esas que no quiere nadie y de las casi todos se alejan. 
Me dijiste las primeras palabras amables que escuché salidas de la boca de un hombre.

Más tarde no podíamos vivir el uno sin el otro. Los días de sol significaban largos paseos por nuestros lugares favoritos, disfrutando de esa sensación de bienestar y seguridad junto a ti. Las tardes de lluvia nos quedábamos en casa oyendo música.

Se me erizaba la piel de todo mi cuerpo cuando decías mi nombre con ese tono alegre que ponías al llamarme. Era querida y lo sentía en lo más hondo, me hacías vibrar solo con tus caricias. 
Hubiera entregado mi vida por ti si hubiera sido menester.

Sin embargo siempre tuve una espina clavada en mi corazón, y es que nunca dejaste que te besara. Intenté no darle mucha importancia, eran manías tuyas, como la del excesivo orden que nunca conseguí comprender del todo. 
Además la tristeza era compensada casi de inmediato cuando me preparabas mi comida favorita. Eras un cocinero excelente entre otras cosas.

Ahora noto tu abatimiento. Una mezcla de angustia y de tristeza cuando pones tu mano suavemente sobre mi cuerpo vencido. Casi no puedo moverme, hace unos meses dejó de funcionar. Me duelen los huesos, no me sostengo en pie y me adormezco a cada instante.
Te miro como siempre, con adoración, como solo se merece el mejor compañero que me pudo tocar en suerte. 
Me voy despidiendo de ti, poco a poco, sin aspavientos. Convencida de que si nos volviésemos a ver nos reconoceríamos de inmediato y volveríamos a jugar, a pasear y a correr. 

Y en mis sueños más locos me dejarías lamerte la cara y llenarte el pantalón de pelos.

Cierro los ojos, no sin antes haber visto unas lágrimas en los tuyos.




Derechos de autor: Francisco Moroz


Relato presentado al reto de las tres palabras en la comunidad de:
-Relatos compulsivos-



miércoles, 5 de abril de 2017

Allá donde se cruzan los caminos




Le está resultando una jornada especialmente dura, pues es su  cumpleaños y le hubiera gustado estar con su familia en vez de en la carretera. Salió de Oviedo hace unas cuantas horas en dirección a Madrid con la furgoneta de la empresa de transporte urgente.

De madrugada, y como siempre, le acompaña la emisora amiga, esa a la que puede llamar el oyente y conversar unos minutos con la locutora, e incluso hacer una petición musical.
Nunca llamó, pero hoy se encuentra especialmente sensible, echa de menos a los suyos. Se decide a hacerlo, pues necesita conversar con alguien.
Utiliza el “manos libres” para seguir conduciendo mientras habla; cuando ya le han atendido y mientras espera a entrar en antena escucha esa voz cálida que parece arroparle y que comunica:

–Un nuevo oyente nos llama desde la carretera, se llama Juan Pedro. ¡Hola Juan Pedro! ¿Qué tal estás?

– ¡Hola Raquel! ¡Pues mira! en plena jornada laboral, conduciendo en dirección a Madrid.

– ¿Cuál es el motivo de tu llamada amigo?

–Ninguno en especial, ya sabes de la soledad y la melancolía que a veces le embarga a uno, y esa especie de congoja que nos entra cuando echamos de menos a los seres queridos. Además es mi cumpleaños y me he dicho: Voy a llamar a los de la radio. ¡Os escucho a menudo! pues os he elegido como emisora que me acompaña en mis viajes a lo largo de la noche. Y en esta, que es el final de un día señalado en el que me siento un poco desolado, he decidido llamar.

– ¡Pues Muchas felicidades por tu cumpleaños y gracias por elegirnos! Esperamos que con nuestra pequeña aportación te suba el ánimo y logremos que te sientas mejor. Dime: ¿De dónde eres Juan Pedro?

–De Cádiz, del barrio de San Juan para ser más exactos, pero vivo en Madrid.

– ¿Y por qué te fuiste a la capital, si puede saberse?

–Por mi mujer que antes fue mi novia. Después uno se establece y sienta la cabeza. Los hijos, el trabajo, y allí me quedé: en el pueblo más grande de España.

– ¿Conociste a tu mujer en Madrid?

–Es una historia algo larga. ¿Te interesa?

–Tenemos tiempo Juan Pedro y hoy es tu cumpleaños ¿No? sea esto parte de nuestro regalo. Unos minutos más de la cuenta en las ondas.

– Bueno, pues te cuento Raquel. Resulta que un grupo de amigos decidimos pasar en la capital una noche vieja algo loca. En la puerta del sol y tomando las uvas ¡Ya ves que tontada! Por entonces yo era una especie de fugitivo de mi mismo, estuve tonteando con las drogas y aunque quería salir de un entorno opresivo que me condicionaba en un bucle sin fin; no era capaz de conseguirlo.
Ese viaje me pareció una especie de puerta de salida para huir de lo cotidiano. Conocer la capital en la que nunca había estado era un aliciente muy atractivo. La marcha de la noche madrileña me sedujo de tal manera, que pensé quedarme definitivamente, y la fortuna se interpuso en el camino…

–… ¿La fortuna?

–O casualidad ¡vete tú a saber! Fue en los baños de un garito de Fuencarral donde al entrar vi una jeringuilla encima del lavabo y al sujeto que se había metido el chute. Al mirar su reflejo en el espejo, un rostro ajado por los excesos me observaba con estupor, y me pregunté si era eso lo que yo quería para mi vida…

…Mis colegas y yo conocimos a unas estudiantes de enfermería con muy buen rollo que se unieron a nuestra fiesta personal. Ella se encontraba allí; noté desde el principio que yo le interesaba y no tardó en decírmelo. Desde entonces se convirtió en mi princesa.

– Nos has abierto tu corazón esta noche Juan Pedro. Ahora mismo estoy emocionada, te lo confieso. ¿Crees en el destino?

–El destino es algo que forjamos nosotros con nuestros aciertos  y errores, pero creo que algo de esa historia que vamos escribiendo entre todos confluyó en aquél encuentro no premeditado. El destino es como un cruce de caminos, ese “Kilómetro cero” donde has de abrir esa puerta que te permite encontrar tu camino personal, ver el brillo de ese sol que debes descubrir por ti mismo.

– Buena filosofía queridos oyentes. Bonito juego de palabras metafóricas si ponemos que hablamos de Madrid. Como veréis tenemos poetas, personas interesantes entre los que nos escuchan y nos llaman. 
Dime tus principales prioridades Juan Pedro.

–Me lo pones fácil Raquel, te diré tres a bote pronto. La primera es ella, la mujer que me acompaña desde hace 20 años, y naturalmente las otras dos, nuestros hijos. Esos dos fenómenos que son uno del Atleti y el otro del Real ¡Menudo conflicto tenemos en casa cuando hay partido!¡Pues yo soy del Cádiz! 
Ellos tres serían mi último pensamiento. Mi mujer y mis hijos, no los equipos de fútbol naturalmente.

– (Risas en el estudio). ¡Cuéntanos amigo! ¿Qué es lo que más te gusta en esta vida?

– Esa pregunta ya no es tan fácil de contestar pero te diré tres que se me vienen a la cabeza ahora mismo: Las personas positivas que saben sonreír a pesar de todos los inconvenientes y salen adelante, los gatos negros, y la música de Joaquín Sabina.

–Curiosas respuestas a las que otro que no fueras tú  hubiera contestado de forma previsible…

Empieza a llover y Juan Pedro activa los limpia parabrisas. Es una noche que invita a la reflexión, al encuentro, al descanso, Y él está ahí, en pleno mes de noviembre conduciendo hacia su destino, ese Madrid que le acogió como hijo adoptivo.

Vuelve a escuchar esa voz acariciadora de la locutora que afirma.

–…Veo que no eres nada supersticioso, pues te gustan los gatos negros, y muy asertivo, ya que valoras a las personas luchadoras que no se arrugan ante los inconvenientes, pero: ¿Y Sabina? ¿Por qué te gusta este cantautor?

–Juan Pedro sonríe antes de contestar. – A Sabina lo definen como un poeta canalla. Sus letras hablan sobre desengaños, traiciones y desamores, esos: Voy cuando estoy volviendo y te quiero porque no te quiero y contigo pero sin ti. Sus letras le definen. Por otro lado desde que le escuché por primera vez, y ya te estoy hablando de muchos años atrás; creo reflejarme en muchas de sus letras que parecieran estar escritas para un servidor.

– Bueno pues si te parece Juan Pedro, nos vamos despidiendo para dar  paso a otros oyentes que nos acompañan en las ondas.
¿Algún deseo, después de apagar las velas de esta tarta imaginaria que te hemos preparado en el estudio de radio?

–Volver algún día a Cádiz, quizás cuando me jubile, y poder contemplar con calma ese mar que en la capital es imposible de ver, y con un chupito de ginebra en la mano, o una cerveza si llega el caso. Y un segundo deseo sería una canción del "Flaco de Úbeda", pero no la que se titula "Que se llama soledad" ¡Por Dios! Que ya he tenido bastante por hoy.

– (Más risas en el estudio) Pues si te parece Juan Pedro, con ese salero andaluz tan gaditano y con esa canción de tu querido Sabina por el que también sentimos admiración algunos de los de esta emisora, nos despedimos ¿Quieres algún título en especial?

– La que elijáis me viene bien. Gracias Raquel por tu atención y tu compañía. También por tu simpatía.

–A ti Juan Pedro por tu llamada, aquí estaremos fieles a nuestra cita para cuando gustes o necesites llamarnos. Dejamos que la música suene en esta noche que nos pertenece...

Se corta la comunicación mientras la locutora presenta a los oyentes esa canción que han elegido para Juan Pedro.

Para su sorpresa, empiezan a sonar los primeros acordes musicales de guitarra de esa poesía cantada que tanto le gusta, esa que le define a él mismo y a parte de su trayectoria vital. Nunca creyó en las casualidades, pero esta, es una de las tantas que le van convenciendo de ese destino que se escribe para nosotros. En esta canción el cantautor pareciera ser un oráculo.

La ciudad ya se vislumbra a lo lejos, mientras, la lluvia persiste en su caída libre desde un cielo plomizo y gris. Viéndola en panorámica desde la A6, y con todos esos cientos de miles de luminarias, comprende otra de las estrofas de la letra que va escuchando:“Las estrellas se olvidan de salir"

Cuando entra por el túnel cercano al faro de Moncloa que no es faro de mar sino linterna y mirador cosmopolita, ve de forma inesperada por el retrovisor los destellos de las luces estroboscópicas de una ambulancia del Samur que se le echa encima con urgencia, intentando adelantarle lateralmente y por detrás de forma imperiosa. No dispone del tiempo suficiente para reaccionar de forma adecuada y a causa de los nervios da un violento volantazo a la derecha. En unos segundos es consciente de la inminente colisión que va a tener lugar contra uno de los muros del subterráneo...

…"El furgón, al chocar contra la pared de hormigón sale despedido contra la mediana y comienza a voltear sobre si mismo. Este modelo no lleva airbags, y el cinturón no es suficiente para librar al conductor de sufrir múltiples contusiones que ocasionan rotura de vertebras, y un traumatismo cráneo encefálico al golpear contra el volante que causa la muerte casi inmediata del único ocupante.

El forense apaga la grabadora donde queda parte de su informe, sin llegar a saber que justo unos minutos antes del accidente, Juan Pedro escuchaba a su querido Sabina entonando las últimas notas de su canción favorita. Cuatro estrofas finales que son toda una declaración de intenciones, como un epitafio de desamparo. Intuyendo que su destino sería el de regresar a su tierra natal, pero no como el hubiera querido. "La muerte pasa en ambulancias..."
Su último pensamiento, el que le hizo verter una lágrima que corrió por su mejilla. Fue el dedicado a los seres que ya no podrían abrazarle tras regresar a casa. 

"Cuando la muerte venga a visitarme,

que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie
pongamos que hablo de Madrid".



video






Derechos de autor: Francisco Moroz


LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...