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domingo, 10 de diciembre de 2017

De corazón





¡Qué sueño tan maravilloso!¡la veo, la siento!
¡Noto su energía positiva! y oigo claramente sus palabras:
-"Te deseo de corazón una larga y hermosa vida"

En mi inconsciencia mi mente jugueteaba con esa presencia que me hablaba comunicándome su amor. ¡A mí! que hasta ahora era como un muñeco de trapo desarticulado y sin esperanza. 
Marioneta de cuerdas rotas a la que ya nadie era capaz de insuflar vida ni movimiento.

Recuerdo una llamada, voces lejanas y mucha precipitación a mí alrededor. 

Todo carreras y ruidos, órdenes tajantes que se daban unos a otros mientras me sumía poco a poco en un sopor inducido. 
Los párpados me pesaban, era incapaz de enfocar la vista en nada concreto, adormecido y súbitamente cansado como estaba, me dejaba llevar sin oponer resistencia.
La boca seca, la mirada turbia y la mente confundida; mente que intentaba encajar respuestas a preguntas no formuladas todavía.

¿Dónde estaba?¿Qué pasaba a mi alrededor?¿Quiénes eran los que me llevaban casi en volandas?¿Y a qué lugar?
Después una luz intensa sobre mi y más tarde la tranquilidad del silencio, la oscuridad y la nada...

Más tarde ese sueño maravilloso, vivido y cierto de una presencia luminosa de un ser desconocido y radiante que se comunicaba conmigo, alentándome y deseándome suerte con mi nueva vida.

-¡Un ángel! ¡Seguro! -me dije. Me muero inevitablemente ¡Es eso! presentía un fin y un principio. El convencimiento de que se me ofrecía una nueva oportunidad, un renacer a otra dimensión desconocida y perfecta. Como ser luminoso y lleno de energía.

Pero fui despertando de mi letargo. Confusión y ninguna evidencia de nada de lo que ocurría a mi alrededor. Era como repetir el proceso pero a la inversa.

De nuevo sentía presencias a mi alrededor, pero más tangibles y reales, menos etéreas, no pertenecían a ninguna onírica evocación de esa otra soñada anteriormente. Mi cuerpo relajado por la sedación a la que había sido sometido empezaba a reaccionar, mis ojos se fueron abriendo y mi cerebro fue ubicando el entorno en el que me hallaba. 
 

Alguien me agarró la mano y la apretó trasmitiendo su calor, una voz tamizada llena de buenas vibraciones me anunciaba que la operación había sido un éxito.
  
Después me aclararon el porqué de la urgencia, los problemas de mi músculo cardíaco para bombear la sangre necesaria para que la vida fuese posible. Me explicaron el rápido traslado al hospital, había aparecido un donante repentino por causa de un accidente de tráfico...

Pasados los años todavía soy capaz de recordar el sueño. La presencia sonriente que yo creía un ángel y sus únicas palabras dirigidas a mí, al que había perdido toda esperanza de sobrevivir:

-"Te deseo de corazón una larga y hermosa vida"

Fue por entonces cuando encontré el sentido a la generosidad, al altruismo y a la bondad, marcándome de inmediato un objetivo en lo que me restara de esta vida donada: Cuando llegara el momento yo también me convertiría en un ángel, que desearía de corazón a otro ser desahuciado, una larga y hermosa vida. 




                                     Este relato está dedicado de corazón, a todos los generosos donantes de órganos.




Derechos de autor: Francisco Moroz

jueves, 30 de noviembre de 2017

¡Que miedito!





En una noche sin luna, en la cuneta de una carretera apenas iluminada por tenues luces de farola, dos misteriosos personajes parecen conversar cómodamente a pesar de la baja temperatura ambiente.

– ¿Entonces, tu estrategia para aterrorizar a la gente consiste simplemente en hacer autostop?

–Básicamente, pero más elaborado. Si paran, me monto en el coche les miro con ojos lánguidos y cuando los tengo confiados y entregados a mi persona, les conmino a comprarme el primer tomo de la biblia en verso ilustrada por el beato San Agapito de la jofaina; el terror de sus caras es evidente cuando ante la negación, me pongo a pegar gritos, amenazándoles con denunciarles por intento de violación. Si la que conduce es mujer, simplemente me esfumo.

– Pues si que te lo montas bien chica.

– ¿Y tú? ¿Cómo lo haces?

–Yo me lo curro en aquel edificio deshabitado que se aprecia tras la neblina. Allí llevo a los pardillos que se pierden en el bosque, los ato a una silla y los torturo a base de sesiones completas de telebasura para después rematarlos a golpe de pan, como buen psicokiller impenitente que soy. Entonces se deshacen en suplicas y en lágrimas pidiendo tortas.

– ¿Con pan? poco dolor puedes infligir con eso ¿No te parece?

–No te creas, utilizo una hogaza de cuarto kilo de hace dos semanas, y eso es contundente. Es todo un poema ver sus caras.

En esta charleta amigable se hallaban estos dos, cuando desde detrás de unos arbustos sale imprevistamente un individuo siniestro, aferrando unos papeles con una mano y con la otra empuñando un bolígrafo Bic punta fina que esgrime contra ellos de manera amenazante.

Ella se parapeta detrás del psicópata y este levanta las manos intentando protegerse de la supuesta agresión.
El energúmeno se dirige a ellos de viva voz, sin tono melifluo alguno.

– ¿Qué pasa? ¿Disfrutando de un momento relax? ¡La última vez que os salís del guion joder! – Y señalando alternativamente a la muchacha y al hombre les dice: ¡Tú a la curva, y tú al caserón! – ¡Leches, ya no hay respeto alguno por el autor de género de terror


Derechos de autor: Francisco Moroz









domingo, 19 de noviembre de 2017

Tu lucha





El infierno se ha desatado a tu alrededor, los demonios rojos están a las puertas de tu fortaleza. Destrozan a su paso todo aquello en lo que creías, aquello que amabas y protegías con denuedo. Pisotean con sucias pezuñas las ideas que te movieron a crear algo grande en su concepto. Corrompen con sus alientos fétidos el mismo aire que respiras.

Consideras como algo inconcebible el que esto esté ocurriendo, que en breves instantes te localicen y acaben con tu sublime existencia de una forma indigna que no mereces.

Años de conflicto y enfrentamientos en diversos campos de batalla te dieron la razón. Eras el dios supremo que con mano fuerte, regias los designios de los pueblos sometidos a tu firme voluntad.

Lo que deseabas lo obtenías a sangre y fuego. Ahora la anterior prepotencia se ha convertido en gemido, en rabiosa e insistente súplica que nadie parece escuchar. Los que te protegían, abanderando tu causa, te abandonan o mueren inútilmente. 
Solo quedas tú, relegado en el último bastión que asaltarán en breve las fuerzas que representan el mal. También permanece, la más fiel de las compañera que uno podría desear, aparte de la muerte cierta.

La besas por última vez, la tomas de la mano y te diriges a una habitación adjunta donde de manera pausada y ritualista le descerrajas un tiro, para a continuación dirigir el arma contra tu persona y hacer lo mismo.

Antes de exhalar tu postrero, aliento tienes una visión certera de un futuro mejor, en el que miles de guerreros tomarán el testigo defendiendo tus mismos ideales. Continuarán tu lucha y volverán a desatar otro infierno.

–El dos de mayo de 1945, mientras los defensores rendían la ciudad al ejército rojo, seguía lloviendo ceniza sobre Berlín.–



Derechos de autor: Francisco Moroz

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Un Halloween para celebrar





Me acuerdo todavía como si fuera ayer, aunque ocurriera hace ya unos cuantos años, coincidiendo con las fechas en que la celebración de Halloween nos proporcionaba a los estudiantes, la excusa perfecta para desmelenarnos y montar fiestas para disfrutar de una noche de juerga en mitad del curso universitario.

Recuerdo que mi disfraz de bruja era de lo más original. El negro me favorecía, y el rímel destacaba estos ojos verdes del que todavía se quedan atrapados los hombres como en una tela de araña.

A todos los que se me arrimaban aquella noche, con la intención de hacer conmigo, conjuros en la oscuridad del parque donde estábamos reunimos para beber, cantar, y hablar a voces. A todos ellos, les di calabazas y les hice perder toda esperanza como a los que entran en el infierno de Dante. Yo me reservaba para un ser superior.

Pero la bebida, la juventud y la insensatez, no son precisamente los elementos de una fórmula magistral, y aquella noche me dio por mezclar alcohol como si preparara pócimas mágicas que me permitiesen volar con la escoba que portaba como complemento de mi disfraz. Estudiaba químicas, y tendría que haber sabido que esto, como lo de la piedra filosofal, es algo imposible.

Llegó un momento en que las carcajadas parecían provenir de seres malignos que me rodeaban de manera siniestra, las luces desvaídas de las farolas parecían indicarme un camino sin retorno, e incluso la música heavy que sonaba, la oía como los ladridos del cancerbero que guarda las puertas del reino de los muertos.

Perdí el control de mi cuerpo, cayendo al suelo estrepitosamente golpeándome en la cabeza con el borde de un parterre. Pero eso lo sé porque me lo contaron a posteriori.
Algún compañero llamó al Samur y una unidad me trasladó al hospital más cercano.

Cuando desperté me encontré en una habitación donde dominaba el color blanco, hasta las luces fluorescentes me parecieron ese túnel que antecede a los que se despiden de la vida. Cuando mi mente comenzó a centralizar y ordenar los datos, mis ojos enfocaron a un ser luminoso vestido con el uniforme que deben vestir los seres celestiales que habitan al otro lado, donde van aquellos que no son tan malos como aparentan.

Me miraba fijamente a la cara y me sonreía como dándome la bienvenida a otro plano trascendental más perfecto, donde es imposible sentir dolor ni inquietud. En donde la seguridad era prioritaria y la felicidad alcanzable.
Sus primeras palabras fueron:

–Parece que la brujita Samantha regresa de su viaje astral por mundos etílicos imaginarios.

Y yo como muchacha ingenua y algo atolondrada le pregunté:

– ¿Cómo sabes mi nombre y de donde vengo? ¿Eres un ángel?  –enmudeciendo a continuación muy sorprendida cuando me respondió que era mucho más que eso.
Pensé para mis adentros que ese era el ser superior que me correspondía, y que la casualidad no existía.

Y de esta forma es como conocí a Gabriel, vuestro padre. Por entonces un joven médico de urgencias con la carrera recién terminada. Y es por ello que os llamamos como os llamamos de forma cariñosa.


Pues de la unión de un Arcángel y una bruja solo pueden nacer diablillos inquietos como vosotros.

Derechos de autor: Francisco Moroz

jueves, 19 de octubre de 2017

Chicos conflictivos






Fede y Ricardo conocieron a Bosco en las puertas de la Luna. Allí, un cartel avisaba:¡
“Cuidado con el perro” Un Pitt Bull enorme, de esos que imponen respeto y algo de miedo cuando los ves por primera vez. Pero este, con mucha diferencia, era un buen perro que se dejaba acariciar.
Cuando pasaban hacia el Instituto mostraba su júbilo; brincaba, movía la cola y los invitaba a acercarse para jugar.

Muy al contrario, el dueño del bar de copas con nombre del satélite terrestre, era un tipo ceñudo y malcarado.
Por norma siempre se encontraba dentro del garito a esas horas, pero cuando lo veían afuera apoyado en la pared haciendo ostentación de músculos y tatuajes, se cruzaban de acera y lo evitaban.

Tenía fama de violento. El típico matón de barrio bajo, el mismo donde ellos nacieron y se hicieron amigos.
Un día vieron al animal abatido, atado con correa corta, herido en un costado y con el hocico sangrante. Fede juró más tarde que incluso le pareció verlo llorar.

El bruto los sorprendió hablándole con cariño mientras intentaban aflojar el collar que lo ahogaba.
A Ricardo lo tiro al suelo de un bofetón y a ambos los alejó con cajas destempladas y un lenguaje grosero lleno de exabruptos y amenazas.

Esa noche a ambos la cama se les hizo incómoda y acordaron, por medio de un mensaje corto, quedar en el portal con las mochilas repletas de artefactos y bien tapados con las capuchas de las sudaderas para salvaguardar su anonimato.
Iban a dejarle un regalo inolvidable a ese mastuerzo que era capaz de hacer daño a un ser noble e inocente.

Las primeras luces de la mañana mostraron a los transeúntes una esplendorosa obra de arte a todo color que ocupaba la fachada de un local nocturno.
Un graffiti que mostraba al dueño del bar, mientras apaleaba a un perro parecido a Bosco; y un cartel donde se podía leer: “Cuidado con el hombre, ¡este sí que es peligroso!”


Y naturalmente interpusieron una denuncia por maltrato animal





Derechos de autor: Francisco Moroz




Quiero agradecer a los compañeros de la comunidad de escritores compulsivos, las oportunas y desinteresadas correcciones que han hecho de este texto. Ha quedado un relato con mejor estilo.  

lunes, 2 de octubre de 2017

Culpable






La elegancia, no era algo que caracterizara al individuo que caminaba desgarbado con las manos en los bolsillos, y que vestía una ropa algo ajada por su excesivo uso confiriéndole un aspecto desaliñado.

Desde el principio le dio que pensar su aptitud sospechosa. Siempre seguía las mismas pautas: salía temprano de un edificio destartalado de un barrio obrero. Caminaba por algunas calles, como intentando despistar sus pasos a un posible seguimiento. Se dirigía a una joyería ostentosa, y se quedaba un tiempo más que razonable frente al escaparate. Después reanudaba su marcha y hacía lo mismo frente a una entidad bancaria, donde observaba con fijación el cajero automático. Más tarde, mirando el reloj, atravesaba un parque cercano para introducirse en un bar donde consumía el resto del día; suponía que entre alcohol y cigarrillos.

El tipo, decididamente no era de fiar, y su fino olfato le incitaba a investigar un posible delito que se consumaría en poco tiempo si él no lo evitaba.
Todavía se preguntaba por qué le habían prejubilado del cuerpo policial, alegando que su enfermiza minuciosidad en las investigaciones, su fuerte carácter y sus continuas sospechas sobre los demás, atribuidas a un absurdo trastorno bipolar; podrían acarrearle serios inconvenientes en la ejecución de sus funciones como investigador, creándole algún conflicto personal y a su vez poner en peligro la integridad física de sus compañeros; ya que muchas veces pretendía asumir competencias que no le correspondían como eran la de juez y verdugo.

En su larga carrera había tenido que soportar muchas burlas, pero esta era una deshonra, algo que le había sumido en una depresión galopante que casi acaba con su autoestima.
Pero no estaba por la labor de abandonar aquello que mejor se le daba: seguir el rastro de criminales en potencia y ponerlos donde les correspondía estar.

Mientras reflexiona sentado en el banco desde el que hace el seguimiento diario del sospechoso, se da cuenta que algo cambia súbitamente en sus hábitos. Una variación en su comportamiento rutinario que le desconcierta; y es que tras salir del edificio, el tipo se ha dirigido al supermercado del barrio saliendo con dos bolsas repletas de productos alimenticios.
Después se dirige a la sucursal bancaria con andares que demuestran su nerviosismo, saliendo de la misma presuroso, como perseguido; introduciendo la mano en un bolsillo interior de su cazadora, para terminar en la joyería donde ha permanecido más tiempo del que pudiera corresponder a un comprador. Después ha omitido el parque y el bar y ha regresado sobre sus pasos a su cubículo.
El delito ya ha sido cometido como preveía…

¡Por fin llegó el día!
Miguel está inquieto, preocupado, y feliz a partes iguales. Hoy puede cambiar su vida para siempre.
Se levantó por la mañana con esa propósito firme, una decisión que le había costado tomar. Una sin retorno, que los amigos le avisaron, podría acabar con su libertad.

Ha salido rápido de casa para comprar los ingredientes para una buena comida de celebración, sacar del banco el dinero que ha podido ahorrar con tanto sacrificio trabajando en el bar; para comprarle a Helena el anillo de compromiso que se ha propuesto regalarle, cuando le pida el matrimonio durante el ágape preparado por él.

Cuando está cocinando la pasta, y mientras sofríe la cebolla, el tomate, el pimiento, y la zanahoria. llaman a la puerta.

Se limpia las manos con premura, pensando que Helena se ha adelantado a la cita. Pero cuando abre se encuentra a un señor mayor encañonándole con una vieja pistola que dirigiéndole una mirada aviesa y una sonrisa torcida le dice una sola palabra antes de disparar: 
“Culpable”


Derechos de autor: Francisco Moroz

lunes, 25 de septiembre de 2017

Finales sorprendentes






–Nadie lo percibe habitualmente.

Es casi imposible sin conocer la obra de antemano, saber cuál será el final de la misma.
Podremos en todo caso intuir como los personajes van a interactuar en el escenario en ciertos momentos, e incluso conseguiremos en parte, ir adivinando retazos del dialogo que mantendrán entre ellos a lo largo de la representación. Pero el colofón de la misma siempre será sorpresivo.

Es como en los libros. Aunque leamos la sinopsis de una parte del argumento, no podremos imaginar los giros que hallaremos a lo largo del relato, que harán, que cambiemos de idea cada dos por tres. Penduleando de una a otra, yendo por donde el autor en definitiva quiere que vayamos.

–Bueno, todas las historias pueden ser muy previsibles. Por ejemplo: Podemos predecir que un heroinómano terminará muerto por sobredosis. Un villano hallará un final violento, o en el mejor de los casos dará con sus huesos en la cárcel. Un noble guerrero vencerá al vil traidor. Un galán terminará enamorando a la doncella…

– Pero hablamos de la obra en sí, no de los personajes. Que estos tomen un rumbo o una decisión de un signo o del contrario, es lo que influirá en el devenir general del relato ¿Comprendes? Por causa de ellos precisamente, la conclusión es inimaginable.

Los actores son siempre secundarios, es la convicción con la que representan su papel lo que realmente importa y lo que en la mayoría de las ocasiones, despista esa corazonada casi asegurada sobre el desenlace de la pieza.

– Sí, tienes parte de razón pero precisamente por esa misma causa que esgrimes, el espectador tiene la posibilidad de ir tirando del hilo y completar el puzzle con las pistas y las señales que los actores van dejando a lo largo de sus intervenciones; y con ello predecir los finales que pretendían ser inauditos.

– ¡Qué no hombre! que no puedes saber el final de una función hasta el término de la misma; actúen los personajes como actúen y sea el espectador todo lo avispado que tú quieras que sea. No habría interés por el teatro si fuera tan sencillo como tú dices.

–Mira, el drama, la tragedia, la comedia, el sainete, el entremés, están en la calle, en la vida cotidiana, en lo que vivimos de continuo a todas horas.

Tú y yo, en este instante somos personajes. Interactuamos mediante el diálogo que mantenemos mientras caminamos. Estamos hilando una historia ahora mismo. Si un imaginado espectador imparcial nos observara desde el patio de butacas; iría tejiendo la historia sobre nuestra relación de amistad, nuestro gusto común por el teatro y los libros, el placer de conversar y debatir sobre ello. 
Antes de que terminara nuestra, en este caso, ficticia representación, ya habría sacado un final concluyente y acertado del mismo.

– ¡Ea! ¡Y yo te digo que no! y te lo demuestro. 

En ese mismo momento viene el autobús y el interlocutor que defiende los finales inesperados, le pega un empujón al que lo hace con los finales predecibles. 
Este cae a la calzada, y es arrollado por el vehículo pesado. Causando con ello alarma, nerviosismo, sobresalto, espanto, estupor, inquietud y rebato, entre los transeúntes. 

-¿Lo ves? Nadie se esperaba este giro final tan sorprendente a pesar de los personajes.


Nadie lo percibe habitualmente.



Derechos de autor: Francisco Moroz



Presentado en la comunidad de: Relatos compulsivos 
incluido en el reto de: Epanadiplosis: figura retórica de construcción que consiste en terminar un texto con la misma palabra o frase con la que se empieza. En este caso cuatro palabras.






miércoles, 13 de septiembre de 2017

Una bruja llamada...






Érase una vez una república pequeña, independiente, casera y de propiedad vertical, donde vivían una pareja de seres humanos que querían ser felices como pretenden serlo todos los personajes de todos los cuentos clásicos que se escribieron y se van contando por ahí.


Ellos tenían su territorio de ochenta metros cuadrados bien organizado, administrado y decorado con armonía. Propiamente no reinaban ellos, más bien lo hacía el acertado criterio de lo minimalista y el buen gusto.

Todos los días salían de casa a batirse el cobre contra duras jornadas laborales, como si se tratase de dragones disfrazados para no causar el pavor que da enfrentarse contra un trabajo mal remunerado y exigente. Pero era la única manera que tenían de ingresar peculio en las arcas, para poder hacer frente a los impuestos exigidos por la única gran señora que los gobernaba a todos con mano firme y recaudatoria: “Una grande y libre arpía” aunque los ministros voceros de turno dijeran por activa y pasiva que “Esa señora hacienda eran todos”.
¡En fin!

Ramiro y Juliana, que así se llamaban dos de los personajes principales de nuestro cuento, pertenecían a ese tipo de personas que tras el censo de acatamiento obligado, fueron clasificados como “de la tierra media”.

La jerarquía era clara: Primero la familia real, el alto clero, el ejército y la nobleza, la burguesía, los políticos evasores de impuestos. Unas auténticas bestias corruptas en su gran mayoría. Y por último, la clase media que reunía a los artesanos, obreros, curritos inclasificables entre los que destacaban los becarios. Y al final de la cadena de despropósitos, los parados de larga duración.

En este entorno subsistían estos dos, casi siempre remando contra corriente de modas y modismos habituales. Eran lo que se dice de lo más convencionales, sencillos y moderados; con su puntito de originalidad y a veces de extravagancia.

Al menos así eran hasta que todos los proyectos de su vida en común parecieron derrumbarse como los naipes de “Alicia en su país de las maravillas”. Toda la ilusión acumulada durante los años de espera en un futuro halagüeño junto con las ganas de realizarlos, se desvanecieron como el sueño que era, y todo era engullido por una densa niebla de pantano tenebroso, donde habitan esos seres indescriptibles, incomprensibles e incómodos para la mente humana llamados “Dudas” y “Miedos”

Y es que Juliana se quedó embarazada a causa de unos polvos mágicos en una noche de luna llena donde se oyeron aullidos ajenos a los lobos. El sobresalto y el terror a lo desconocido no fueron causados por la preñez de ella, sino por lo que se les venía encima: Esa responsabilidad de un tercero en discordia con el que compartir los bienes y los dones que poseían, entre los que se encontraba como el más preciado el tiempo disponible que antes era solo para ellos y sus ocios.

Pero cuando los ancianos sabios dicen que: “No hay que lamentarse de lo malo porque siempre puede ocurrir algo peor”, suelen tener razón como viejos que son, aunque los lugareños se empeñen en aislarlos en residencias asistidas para quitárselos de en medio alegando que nada más que dicen tonterías.

Y lo peor ocurrió cuando ese bebé que nacía presentó signos claros de no ser uno cualquiera, de esos catalogados por los cánones rigoristas como normales. De esos que cumplían todos los criterios establecidos por la sociedad médico-pediátrica de la región para serlo.

Para empezar, la comadrona que asistió a Juliana ya puso cara de circunstancias cuando cruzó su mirada con la parturienta, haciéndola sentir una incontenible desolación que le duró lo que tardaron en ponerle al niño en su regazo. Entonces lo que experimentó fue, esa profunda paz que proporciona el amor de verdad, el que sienten las madres cuando sostienen un pedazo de su propia vida entre sus brazos después de nueve meses de portarla dentro ¿Qué tenía aquel precioso niño que lo hiciese diferente? ¿Qué hizo que la partera la mirara con cara de pena?

La duda les fue despejada a los padres cuando el sanador del centro paso a ver a la pareja de padres, para explicarles el porqué su hijo iba a ser una persona especial desde el momento de su nacimiento.

La culpa, les comunicó, era de una bruja envidiosa de ver a las madres cuando jugaban con sus hijos. Envidiosa cuando oía a los padres contarles cuentos como este para que conciliaran el sueño. Envidiosa de la felicidad que desbordaban todos cuando estaban juntos; algo que no podía arrebatarles con pócimas ni elixires, pero si con algo llamado “Enfermedad rara” de esas que no se alivian porque sí. Para las que no hay remedios de la abuela ni curas milagrosas, ni casi paliativos para mitigar la desazón que ocasiona en los que las padecen y sufren.

La bruja en concreto, les dijo el sanador, se llama “Acondroplasía” y que en concreto está especializada en conferir a los afectados dimensiones mínimas, como por ejemplo a los enanitos de “Blancanieves”, con cabeza grande y extremidades cortas.

Lo único que esta bruja sarmentosa no puede menguar les confirmó, es el corazón de estas personitas que son capaces de sobreponerse a sus carencias con esa fuerza interior tan poderosa como la que poseen los caballeros “Jedais de la Guerra de las Galaxias”.

Estos padres no se quedaron muy conformes, pero aceptaron a su hijo como lo mejor que les pudo ocurrir, de tal forma que ese crecimiento descompensado y desacelerado de su cuerpo lo veían retribuído con su mirada luminosa y la gran sonrisa que adornaba su cara.

Mientras, fueron apoyados por otros miembros de afectados que pertenecían a una logia poco conocida, como la de los antiguos masones, pero en plan unificador y asertivo. Una fundación llamada “ALIBER” que es “como la casa madre, como una gran colmena donde un número importante de asociaciones se aúnan para intentar dar a conocer las enfermedades raras”.

Víctor, que así llamaron al protagonista de este cuento, era un niño que se integró bien en la escuela, después de sobreponerse a las burlas y las risas de los cuatro ignorantones analfabetos que hay en toda comarca que se precie. Los llamados “Tontos de pueblo”. Hasta en la comarca de los “Hobitts”, que son seres de baja estatura, abundan los imbéciles, que se han convertido en patrimonio de la humanidad aunque no estén en peligro de extinción.
En la universidad pulió las preciadas dotes con las que fue regalado por sus hadas madrinas a las que se conocía con el nombre de musas, creciendo en sabiduría y don de gentes.

El caso es que Víctor cautivaba a aquellos que se acercaban a él. Divertido y humilde como él solo, de tal manera que sabía reírse de sí mismo. 
En una ocasión en que alguien le preguntó sobre su enfermedad, le contestó sin ambages: Simplemente soy el resultado de un gen mutante al que todos conocen como FGFR3, que mejora al de los robots “R2-D2 y el C-3PO” que tienen menos letras al igual que gracejo.

Participaba en todas las actividades propuestas, incluso ayudaba a los compañeros sacándolos de más de un apuro. Era en esas ocasiones que aprovechaba para decirles: Hay que creer en los enanitos, nunca se sabe cuando te sacarán del atolladero. Acordaos del famoso “Rumpelstilskin” que estaba al quite de ciertas demandas.

Se hizo popular en poco tiempo, pero tampoco quería ser el líder ni el centro de atención, era muy suyo y le gustaba que le dejaran su espacio personal para poder inventar esos cuentos que escribía y presentaba en alguna revista local para que se los publicaran con el seudónimo de “Tyrion Lannister”.

Que creció, es un decir para los muy optimistas, pero jamás perdió esa sonrisa que le caracterizó junto al brillo de sus ojos cuando se enfrentaba a los grandes retos que se le planteaban en un mundo que para él siempre fue de gigantes. Un loco bajito que se enfrento a molinos como su admirado Don Quijote.

Su lema siempre fue: 
“Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, harán cosas pequeñas que cambiarán el mundo”

Y Víctor, que para los que no lo sepan significa victorioso, triunfó como autor y escritor de cuentos infantiles. Con ellos animaba a los más pequeños de los pequeños, a ser los más grandes entre los grandes, para que fueran luchadores incansables contra esa bruja llamada “Acondroplasia”; que no tuvo la satisfacción de ver derrotadas ni infelices a esas familias que tenían entre sus miembros a seres tan especiales como Víctor, que con “El poder de las letras”, supo vencer a esos monstruos que por desconocimiento parecían imbatibles.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

– Ahora a dormir.
–Papá.
– Dime pequeño.
–Este cuento te lo has inventado ¿Verdad?
– No hijo, este lo escribió ese tal Víctor y aparece en este libro de historias sobre enfermedades raras que ya leerás tú solo. Cuando crezcas.
--¿Pero yo creceré?
-- Todos lo hacemos, solo depende de las ganas que tengamos de hacerlo.

                                                                                    ·····························


Si la vida nos ha enseñado algo es que todos somos iguales, aunque con características diferentes”.



Derechos de autor: Francisco Moroz


Un relato que se ha escrito en apoyo de la asociación ALIBER.
Dedicado a todos los niños con enfermedades raras.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Veladas excitantes






En un principio no quería y se resistía, pero terminaba por ceder a la tentación como Eva. Se dejaba arrastrar por sus dos demonios preferidos. 
Se dejaba llevar por la pasión más desenfrenada que jamás hubiera podido concebir. Se prometía una y otra vez que esa sería la última, pero volvía a reincidir a pesar de los avisos que le enviaban su cuerpo y su mente. Por las noches necesitaba descansar, pero se empeñaba en alargar esas estimulantes y apasionadas veladas 

En el comienzo todo era negación por un lado, por el otro, reafirmación de sus convicciones más arraigadas basadas en el conocimiento de sus debilidades y limitaciones.
Al inicio se opuso con obstinación a ser seducida por ellos y luchó contra sus apetencias básicas, sus ganas, su deseo, el placer que presentía iba a recibir, y su hedonismo desaforado.

Pero sucumbía a su naturaleza de mujer sensible y emocional, al instinto más primitivo, salvaje y básico de su ser. Se dejó arrastrar por el primero, como por la marea. Impulsada por su fuerza, su color moreno, sus dulces maneras y las excitantes expectativas de saber a ciencia cierta, que le dejaría un buen sabor de boca después de disfrutarlo con calma. Y por añadidura sabía presentarse deseable y caliente.
El otro la entretenía con su culto bagaje. Tenía un cuerpo contundente y era capaz de calmar sus ansias. En cuanto la abrazaba se sentía en paz, sosegada. Recuperaba la calma al instante. Además sabía contarle unas historias que eran capaces de transportarla a otro plano existencial.
¡Tal era su virtud! que conseguía que ella se desnudase, entregándose entera, dejándose poseer por él sin limitación alguna.

A ella siempre le gustó lo de hacer tríos aunque lo negara por temor al escándalo y al qué dirían los que se enterasen de sus encuentros nocturnos.
Pero sobre todo, ocultaba con celo la certeza de querer ser siempre la protagonista de esas relaciones tan contundentes, placenteras y continuadas. Le gustaba ser la que recibiera todo el placer de esos intercambios tan esperados como deseados.

Todo lo que empezó como un entretenimiento se había convertido en una necesidad física y emocional en la que cada vez se implicaba y daba más de sí misma, hasta el punto de sentirse muchas veces abducida, perdiendo el control del tiempo que pasaba con sus amores. 
Se sentía el personaje principal, siempre en medio de los dos: Del café que la excitaba y de un buen libro que se le entregaba entero para su deleite exclusivo y personal.


Sabía que lo pagaría más tarde con desvelos, cansancio y nerviosismo; pero era inevitable. Era tan voluble a esas intensas aventuras nocturnas que no estaba dispuesta a renunciar fácilmente a ellas.



Derechos de autor: Francisco Moroz


sábado, 12 de agosto de 2017

¡Esto es la guerra!







Hemos tomado una posición avanzada donde tenemos una panorámica bastante completa de la zona. Nos parece mentira el poder haber llegado hasta esta costa después de una jornada interminable y agotadora llena de penurias. El calor se ha convertido en nuestro peor enemigo durante la marcha, y ahora que estamos observando desde arriba vemos que lo más penoso está por comenzar.

Después de arengar a los que me acompañan, impartiendo órdenes que coordinen nuestra maniobra y durante unos interminables minutos de tensión contenida, nos lanzamos a lo que presiento, será una misión imposible de la que algunos de nosotros guardaremos memoria traumática durante un año al menos, si es que sobrevivimos a semejante experiencia.

Al principio avanzamos con decisión, pero calmados y expectantes. Sobre todo cono ganas de acabar con la misión a la mayor brevedad posible, aunque el sufrimiento llegue a ser insoportable nos agarramos a la esperanza de la victoria
El aire nos acribilla el cuerpo con miles de granos de arena. Me identifico con Lawrence de Arabia sorteando las dunas en su lucha contra los turcos.

Durante los primeros cien metros todo parece despejado, pero es una vana ilusión, pues los primeros obstáculos se interponen en nuestro camino. Tropezamos con cuerpos quemados, abandonados e inermes, casi desnudos que yacen tirados en el suelo consumidos por un sol de justicia. Los integrantes de mi compañía, asustados por ese futuro incierto que les acecha también a ellos, intentan no pisarlos.

Resulta más que imposible avanzar sin sufrir algún percance, mientras nos ensordecen los gritos del enemigo que parece querer confundirnos con su algarabía caótica en un intento de que abortemos nuestra empresa suicida, algo así como lo que aconteció en la batalla del Bruch y en Carrhae.


Un tiro casi a bocajarro da en el blanco en uno de mis brazos, me quejo tocándome la parte afectada donde recibo el impacto de un objeto volador no identificado, tal como en la serie de Expediente X. 

Al no sufrir lesión grave sigo con pasos precipitados junto a los demás, esquivando el choque directo con el adversario, obcecado como está en cerrarnos el paso hacia nuestro objetivo. Interponiendo barreras disuasorias estratégicamente camufladas dispuestas en el suelo como trampas. Redes, telas, estacas, objetos electrónicos ¿Me pareció ver algún Libro?

Lo que ocurrió en la playa de Omaha fue poco en comparación con esto.

El agotamiento hace mella en nuestros organismos, deshidratados. No hay lugar donde pararnos a descansar. Echamos mano a nuestro pesado equipo de campaña sobre la marcha, buscando con que reponer las fuerzas gastadas, hasta que alguien consigue encontrar un poco de agua caliente que es consumida entre todos en unos instantes y que se evapora al entrar en contacto con nuestros resecos y agrietados labios, pero consiguiendo mitigar momentáneamente la sed e insuflándonos nuevos bríos marciales.

Al fondo y un poco a la derecha vemos la zona a conquistar. Parece despejada y nos lanzamos en una carrera desesperada hacia el lugar indicado por mi dedo; que de esta forma se transforma por un instante en orden perentoria de lo que puede significar nuestra última oportunidad de conseguir el lugar que convertir en base de operaciones, un cacho de terreno firme donde poder refugiarnos, descansar, y atacar la segunda fase de la operación denominada por el alto mando logístico femenino: “Verano de sol y playa.”

Clavo la sombrilla como bandera en Iwo Jima y poniéndome la palma de la mano como visera, visualizo en la lejanía, un pedazo de mar que se convierte en el siguiente reto que afrontar.

La “Generala” con los brazos en jarras y la segunda al mando, su hija convertida en mi mujer, pero que se pone la máscara que guarda para estas ocasiones que la hace parecer una psicokiller en potencia; marcarán el territorio con toallas entendidas, mochilas y neveras de camping. 
Se quedarán como defensoras de la cabeza de playa que hemos conseguido con tanto esfuerzo. Cual defensoras del fuerte del Álamo en Texas, en una actitud de: "No pasarán" salvo por encima de nuestros cadáveres.

El resto de los miembros de la aguerrida tropa asaltamos la orilla, armados con gafas de buceo, flotadores, manguitos y pistolas de agua a la conquista por derecho, de esa inmensidad mediterránea de la que nos corresponde un trocito. Con el ímpetu arrollador de las tropas del desembarco de Normandía, pero al revés; más parecido si cabe a Carros de fuego por lo del calzón corto y la carrera desesperada por el triunfo.

En el instante que comienzo a avanzar, un nuevo tiro me da de lleno en el pecho; pero hago gala de mi terca determinación devolviendo la pelota con un tremendo patadón que la manda casi hasta el paseo marítimo haciendo oídos sordos a los improperios que recibo en un idioma incomprensible por parte del agresor. 
Peor fue el golpe recibido con el frisbee, ese si me dejará un moratón.

Este es nuestro territorio y lo defenderé con ahínco del guiri invasor.
Como mandan los cánones y dijo el gran Groucho Marx:

¡Esto es la guerra!

Derechos de autor: Francisco Moroz


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