jueves, 8 de febrero de 2018

Si pudieras leer mi mente



Si pudieras leer mi mente sabrías el vacío que has dejado con tu ausencia.
Mis horas estaban llenas de tu presencia y ahora, me sobra tiempo para compartir. Excesivos silencios y lágrimas.

Si pudieras leer mi mente conocerías todo lo que guardaba adentro para decirte y ofrecerte como un regalo dedicado exclusivamente a tu persona.
Ahora las emociones se han quedado encerradas sin poder expresártelo de viva voz y eso, me erosiona los sentimientos.

Si pudieras leer mi mente comprenderías mi impotencia al no haber sabido traspasar del todo la niebla de tu olvido, enfocar tu mirada perdida, aclarar tu confusión y aliviar el dolor que te asediaba.

Hoy las palabras se marchitan en mi boca, los besos se me mueren en los labios. Pues cuantos “Te quiero” quedaron por decir ¡Ojalá lo supieras! Para que de esa forma no me sintiera tan indefenso ante la falta de respuestas.

Si pudieras leer mi mente descubrirías mi dolor agazapado arañando mis entrañas cada vez que soy consciente de tu pérdida  irremediable.
El camino se hará más largo a partir de ahora, sin tu compañía, sin tus consejos y sin esa sonrisa inocente que me iluminaba los desánimos.

Si pudieras leer mi mente tendrías la certeza de que nunca te olvidaré que te llevaré como referencia allá a donde vaya hasta que mi ocaso se perfile por el horizonte o mi memoria como la tuya, se borre irreversiblemente.

Se lo orgulloso que te sentías de los tuyos, lo que los amabas. Yo que estuve a tu lado lo comprobé, aunque solo lo pudieras manifestar a través de una mirada absorta o alguna palabra balbuceante.

Si pudieras leer mi mente conocerías todo el amor que reservaba para ti, pero no hubo ocasiones suficientes, nos tuvimos que despedir inesperadamente entre ilusionados ¡Hasta pronto!

Tras la muerte nos queda la esperanza del reencuentro en esa otra tierra prometida, al menos me dejaste como herencia los recuerdos, los momentos compartidos, los disfrutados y los sufridos, y eso mitigará la espera.


Si pudieras leer mi mente, te darías cuenta que es mi corazón el que te echa de menos.

Derechos de autor: Francisco Moroz







viernes, 2 de febrero de 2018

Preparando tu marcha






Sombras salen a mi encuentro
 en estos momentos desolados, 
en los que nada me alienta ni me anima
 ni puede aliviarme la tristeza 
ni hacer más llevadero el desamparo.
Turbiedad absoluta de unas aguas
 que fueron trasparentes hace unos años, 
el azul de tu mirada luminosa 
que se muestra ahora cual cielo encapotado. 
Unas agujas de reloj que cual guadaña,
 van segando el angustioso paso de las horas 
que gobiernan el tiempo que nos resta, 
poniendo en evidencia la caduca vida
que traidora se aleja 
cuando más la necesitas. 

Tú te estás marchando de mi lado 
despacito, sin remedio ni demora. 
Y yo no acierto a desligarme de tu presencia, 
tan esencial, tan viva y elocuente.
Y sé que necesito más que nunca decirte que te quiero.
Deseando que partas confiado, 
sabiendo que alguien quedará para nombrarte,
 trasmitiendo a los que escuchen
la sencillez de tu historia a fuego lento.
Sin poner puntos finales,
 ni bajar telones, 
ni emitir sentencias
ni grabar epitafios en las losas.

Prometerte quiero respetar tu memoria
 atando bien los lazos del pasado,
volver a la raíz si es que me olvido,
agarrarme con fuerza 
al tronco centenario que me forma. 
Pero mientras, discúlpame si lloro, 
pues me pesa todo aquello que no dije,
 que no pude ni supe dedicarte.
 Por interés o ambición,
 por petulancia o inocente descuido. 
Con presunción de inocencia 
al pensar que durarías para siempre.

Espero sepas perdonarme los desaires,
 el sufrimiento que te supuso mi soberbia, 
mi osada rebeldía al ignorarte
al dar de lado por sabidos tus consejos. 
Disculpa mis descuidos,
 mi dejadez, mi pereza.
 Los abandonos, los silencios.
 Las despedidas que no eran para siempre,
 pues pronto o tarde volvía en el abrazo
como hijo pródigo que era
 mendigando la gratuidad de tu sonrisa
que siempre concedías.

Que somos peregrinos lo sabemos,
 de prestado estamos.
 Lo que somos,
 efímero argumento de un sueño recurrente 
urdido en una noche de verano.
Pues la vida es sueño
 y al final partimos como al principio llegamos:
 inocentes, desnudos, desvalidos.
dejando alguna huella en el camino
señales de que fuimos
errantes, pasajeros fortuitos,
atados a la ruta que trazamos.

 Y todo esto lo escribo
 porque no asumo que te vayas,
no quiero que me expliquen,
 simplemente no acepto
 que se extinga la llama en tu candela.  
dejándome en tinieblas,
 a mi suerte, huérfano de padre, a oscuras.
 Todo por retenerte en palabras,
 por no dejarte partir, 
movido por sentimientos egoístas.
Que el dolor es sentimiento muy humano,
aunque no tenga ni una pizca de altruista.

Cuando zarpe tu barco 
será cuando contemple el horizonte como meta,
 como lugar de destino y de reencuentro.
 Cuando me toque picar el boleto de la nave 
que me lleve de igual modo a la otra orilla,
partiré feliz, pues sabré que allí será
donde estarás esperando mi llegada.

...Pero entretanto, 
sombras salen a mi encuentro
 en estos momentos desolados
 en que preparas tu marcha irremediable. 
Agarro tu mano como un niño 
intentando retenerte, 
por si pudieras volver atrás un breve instante.
 Sintiéndome impotente al contemplar
como arrostras la muerte,
mirándola a la cara,
con semblante de rendido enamorado.
Mientras yo me sorprendo
con el ánimo abatido
requiriendo una caricia que no llega.
pues sin fuerzas te hallas, 
retenido por tus débiles latidos.

Solo pues queda esperar tu postrero aliento,
la consumación de tu obra, el desenlace.
Al fin liberado de la carga mortal
de un cuerpo consumido.
Yo me quedaré con cara de difunto,
con tu mano fría entre mis manos
y lágrimas ardientes como lava
desbordada en llanto de mis ojos.

y tú ¡Por fin! brillando,
 contemplando todo desde arriba
 ligero de equipaje.
y en nuestros corazones desgarrados
donde habitarás por siempre,
una pizquita de alegría.


Derechos de autor: Francisco Moroz








sábado, 27 de enero de 2018

Prioridades






Ya recogerían la mesa mañana y fregarían cubiertos, platos y copas. Las servilletas las echarían a lavar junto con el mantel de hilo. Después barrerían los desperdicios del suelo.

Nunca tuvieron en el restaurante a la hora de cenar comensales tan destacados, y para una vez que los tenían, todo se había descontrolado de tal manera que no les quedaba más remedio que dejar toda la tarea para el día siguiente.

Antes de nada se personarían policías y forenses. El juez de guardia levantaría acta de lo sucedido, retirarían los cadáveres y los casquillos. Y a ellos les tocaría limpiar todos los rastros de sangre.


Derechos de autor: Francisco Moroz

martes, 23 de enero de 2018

El legado





Mi abuelo luchó en la guerra, en el bando de los perdedores. Una esquirla de metralla le arrebató uno de sus ojos.
Cuando me contaba historias yo insistía en que me narrara las aventuras que vivió durante la misma, pero al contrario que otros, mi abuelo nunca me hablaba sobre ello.

Una tristeza peculiar parecía embargarle de vez en cuando, sorprendiéndole pensativo, como si se hallara fuera de este mundo. Si osaba interrumpir sus pensamientos para preguntarle qué le pasaba, él me respondía con un suspiro y una frase: “Extraño una parte de mi".

Mi abuelo fue agricultor, de los que salían al campo antes de que el sol se levantara por el horizonte, de los que tenían las manos como el cuero, agrietadas por el frío, endurecidas por la madera de la azada. 
Acostumbrado a pasar días enteros a la intemperie y en soledad, no era de los que se quejaran por cosas sin importancia. 
Hombre de pocas palabras, las justas para comunicar su escueta filosofía. Nada de banalidades decía, que te llenan la boca de mentira y el corazón de rencores. Ni religión, ni política solían ser temas de conversación pues según él, nunca conducían a nada bueno ni los partidismos ni los credos.

Manifestaba que el mundo era muy complicado como para enrevesarlo más con nuestros sofismas, -bonita palabra que resumía toda la sabiduría que guardaba- afirmaba que no había camino más corto que el que andábamos de manera voluntaria y en buena compañía, pues esa era la manera de llegar más lejos y más entretenido.

En pocas ocasiones le vi triste, solo alguna vez, cuando mi padre le regañaba por sus descuidos de viejo y sus olvidos inoportunos. Nunca contestó con mal talante, únicamente miraba a los ojos de su hijo y se retiraba a su cuarto arrastrando los pies, murmurando por lo bajito: “Llegará el día en que estés a mi lado y yo no pueda ni escucharte ni consolarte".

Para mí, siempre fue un ser especial al que recurrir en los momentos en que nadie más parecía comprenderme. Tenía el don de tranquilizarme posando una de sus grandes manos en mi hombro o dejándome llorar recostado sobre su pecho, donde oía su calmado corazón de anciano, que no tenía premura por llegar a ningún lado.

Sus movimientos eran pausados. Me explicaba que cuanto más se precipitará uno en tomar decisiones y en ejecutarlas, más posibilidades de errar tenía. Que viviendo la vida con prisas, los momentos importantes pasaban por nosotros en un vuelo, privándonos de la ocasión de saborear la felicidad en los buenos y de aprender lo necesario para fortalecernos en los menos afortunados y dolorosos.

Era entonces cuando soltaba de sopetón, con un guiño de su único ojo y una risita burlona su chascarrillo preferido: 

“Ahora, que es cuando tendría que correr apresurado para llegar a tiempo al baño, es cuando no llego nunca para vergüenza mía”.

Le gustaba abrazar como yo abrazaba a mis peluches preferidos, con fuerza y a la vez con ternura. Entre sus brazos sentía el calor del amor verdadero, era mi refugio, en donde me encontraba a salvo de mis monstruos interiores.

Mi abuelo se marchó a la otra orilla una noche de noviembre, sin avisar, silencioso como siempre fue. Mi madre comentó que nunca les dio mucho que hacer para lo mucho que les había ayudado. 
Mi padre lloraba desconsolado, transformado en el niño que en el fondo era, mientras besaba su frente fría, arrepintiéndose de los desplantes y las reprimendas que otorgó a su viejo. Y yo, convertido en adolescente, insistí en estrecharlo entre mis brazos aunque ya no sintiera el calor de su abrazo.

Era consciente que me había quedado huérfano de su presencia esencial, esa que le mostraba a él como referente, ejemplo al que imitar, con su personal bagaje de valores fundamentales, que me ayudaron a fraguar mi personalidad para crecer como hombre honesto.

Me dejó como legado sus sabias palabras, sus acertados consejos y una nota escrita por su mano con letra temblorosa metida entre las páginas de un libro que me leyó todas las veces en las que se lo pedí; ese de Exupery, y justo donde el zorro dialoga con el principito indicándole aquello de que la belleza y lo verdaderamente importante están en el interior de cada persona.

Y la nota rezaba:

“Querido nieto, me voy tranquilo, sabiéndome valorado. Sé que me escuchaste, y que por ello habrás aprendido parte de lo que quise trasmitirte. Quiero dejarte algo que me perteneció desde después de la guerra, algo que me recordaba diariamente que las personas, las circunstancias y las cosas, son tan buenas o malas como la mirada del que las observa, que todo es relativo y nada para siempre. Cultiva aquello que dé buenos frutos y no los malos hábitos que terminan ahogando los sueños y matando las ilusiones. 
Y ante todo recuerda, que nunca debes esperar a las despedidas para demostrar el amor que sientes por aquellos que te importan.

Tu abuelo, que te quiso con casi todo su ser".

Y envuelto en un pequeño trozo de papel de periódico, su ojo de cristal metido en un tarro de canicas. Esas que fueron parte de nuestro tesoro.

Derechos de autor: Francisco Moroz

jueves, 18 de enero de 2018

Un tipo sensible







Pestañeó dos veces para decir que sí, luego me miró agradecida con lágrimas en los ojos.

Eran muchos los días compartidos repletos de intensas emociones. El caso es que me había encariñado de la muchacha y sospechaba que ella sentía igualmente un amor profundo por mí. 
Su sumisión hacia mi persona y sus gemidos nocturnos cuando me acercaba así lo demostraban.

Me dolía la separación, pero no tenía más remedio que abandonarla a su suerte.

Le quité la mordaza y la cuerda que la maniataba. La dejé marchar, después de todo ya tenía el dinero del rescate y no era cuestión de dejarme atrapar ni por los sentimentalismos ni por la policía.


Derechos de autor: Francisco Moroz

domingo, 14 de enero de 2018

Qué bello es vivir




Don Pablo Meneses a sus 57 años, era uno de esos que no escatimaba en gastos cuando se trataba de darse caprichos Que se le antojaba una bicicleta de montaña de carbono ionizado y componentes ligeros de fibra de vidrio ¡Se la compraba! ¡Total! ¿Que eran nueve mil euros de menos en su cuenta corriente?
Que le gustaba ese televisor HD Full extra plano con pantalla de plasma de última generación, en el momento que lo veía, lo adquiría ¿Para qué esperar al Black Friday ese, o a los días sin IVA?

El podía permitirse realizar esos desembolsos puntuales. Hacer realidad aquellos sueños que siempre tuvo mientras era tan solo un simple trabajador en activo.

Para su cumpleaños, por ejemplo, se regalaba viajes a lugares lejanos y exóticos donde pocos podían permitirse el lujo de ir ni con la imaginación. Siempre, en compañía de alguna mujer joven y despampanante, a la que agasajaba con joyas y lencería fina mientras brindaban con algún vino de los caros.

Cada domingo por ser fiesta, degustaba exquisiteces de gourmet en alguno de esos restaurantes de comida de diseño que aparecen en la guía Michelín, nunca con menos de tres tenedores. Para eso se habían inventado las Visa oro y platino.

La verdad es que la diosa fortuna le había sonreído desde que comenzó la crisis. Muy al contrario que a muchas familias que quedaron arruinadas por culpa del cierre de numerosas empresas que se fueron al garete, con los añadidos efectos colaterales en forma de despidos de multitud de trabajadores.

Época nefasta para la mayoría, se tuvo que rescatar a los bancos con dinero público procedente de impuestos y gravámenes al sufrido contribuyente. Todo por causa de algunos directivos sin escrúpulos, que ofrecían productos preferentes envenenados, a inocentes jubilados que invirtieron en ellos todos sus ahorros. De la misma manera negociaron con insolventes, créditos con desmedidos intereses y propiedades embargadas.

A él, como director de uno de esos bancos, le tocó marcharse por la puerta falsa de la entidad, contratiempo que le permitió redescubrirse, y comprobar que con el dinero que le ofrecieron como compensación por sus años de dedicación a la empresa y al cliente, y con lo que le quedaba de jubilación anticipada, tenía para vivir holgadamente el resto de su existencia.

¡En fin! Tras el escándalo todo seguía su curso, y él estaba encantado de haberse conocido. Se sentía un privilegiado y un hombre con suerte. Por ello hoy, se iba a pasar por la inmobiliaria para apalabrar la compra de una parcela de dos mil quinientos metros cuadrados con piscina, y una casa de tres plantas con vistas a la montaña en la localidad de Mira Sierra. No sin antes recoger en la joyería, el Rolex Cosmograph Daytona que estrenaría para la ocasión.

Arrancó el BMW deportivo y se marchó silbando como si nada, la melodía de " If I were rich" mientras pensaba a qué dedicar los fondos de inversión que había levantado con tanto denuedo, por si llegaban tiempos difíciles.



Derechos de autor: Francisco Moroz



jueves, 11 de enero de 2018

Deporte de riesgo





Bucear en el lago que había al lado de la casa se convirtió en una prioridad desde el fatídico accidente. 
Estaba asustado y el tiempo jugaba en su contra. Se sumergía cada mañana sin regatear esfuerzos.

Para ello, y después de salir del hospital, tuvo que aprender técnicas de submarinismo sometiéndose a un agotador entrenamiento diario.

Más costoso fue convencer a la policía sobre las circunstancias del suceso: Una distracción, una mala maniobra mientras aterrizaba la avioneta…

Ahora tenía que recuperar la droga que reposaba en el fondo, antes de que los que le contrataron la reclamasen. Si no, sería él, el que yacería en las profundidades calzando unos zapatos de cemento.


Derechos de autor: Francisco Moroz

lunes, 8 de enero de 2018

Dinero fácil

Antes de que comencéis a leer os indico que la frase del comienzo os sonará. 

Formó parte de un "relato a cien" de los que escribo que titulé: Orgullo paterno.

¡Pues bien! Recibí una petición muy especial durante las fiestas de navidad, la propuesta de redactar un relato algo más largo que le quitase algo de gravedad al que escribí en su momento. 

Puse dos condiciones y con ello evadí parte de la tarea, más bien toda la esencial (El que quiera peces que se moje el C--- )

Primera:

Que la idea de la trama fuese original e inventada por el peticionario.

Segunda: 

Que la escribiese en todo su desarrollo.

Yo solo me reservaría las correcciones de forma y estilo.

De esta manera quedó lo que leeréis a continuación, y que
ambos (dos) esperamos que os guste.





Su padre le dejaba conducir la furgoneta solo en días especiales, pues Alfredo tenía dieciséis años, aunque aparentaba más. No quería arriesgarse a que le pusiesen una multa, a pesar de que su hijo conducía con la técnica de un piloto de carreras.

Hoy tocaba trabajar aun siendo domingo, ya que no sobraba el dinero. Llevaban una semana planeando esta salida que recorrería el interior de una urbanización de lujo, parando en los objetivos señalados.
Alfredo arrancó el vehículo con nerviosismo, ajustó el retrovisor de la cabina, metió la primera y pisó el acelerador. El cambio de marchas lo manejaba con tal pericia que parecía una extremidad más de su cuerpo.

Cuando llegaron a la entrada del complejo, se dieron cuenta que una barrera les cerraba el acceso. El padre intercambió unas palabras con el vigilante y este les dejó paso franco. Giraron a la derecha, y en dos calles más, a la izquierda. La primera parada la realizarían a doscientos metros. Entonces el muchacho frenó suavemente y sin apagar el motor miró a su padre.
Este aprovechó para pasarle una pistola mientras el agarraba otra.

Abrieron las puertas y salieron con cautela, acercándose lentamente a la finca, mirando con recelo al otro lado de la cancela, donde se vislumbraba un jardín muy cuidado con setos recortados por manos expertas. Un poco más allá una fuente, y en el lateral derecho unos parterres cuajados de coloridas flores. Al fondo se veía una ostentosa edificación de tres plantas con amplios ventanales.

Su padre le señaló con la cabeza la cámara de circuito cerrado instalada sobre la puerta, y le indicó la gran caseta que había en el interior a la izquierda. Esa sería la zona de mayor riesgo y de la que más tendrían que estar pendientes mientras realizaban su trabajo.

Padre hijo intercambiaron una mirada, y el primero le pasó su pistola, comunicándole que el cogería el dinero.
De pronto se oyeron unos fuertes ladridos, y Alfredo comenzó a sudar de puro miedo. Ocurrió lo que temían. Una descomunal bestia negra con forma de perro se abalanzó contra la verja, gruñendo y enseñando sus afilados colmillos.

Después del sobresalto todo ocurrió muy rápido.
El padre introdujo precipitadamente una de sus manos dentro de la bolsa blanca, sacando las monedas que se hallaban en el interior, a la vez que su hijo depositaba las dos barras de pan, para finalmente correr hacia la furgoneta con el corazón palpitando a mil por hora.


Nadie hubiera dicho que ganarse un dinerillo repartiendo el pan, supusiese tamaña aventura.



Derechos de autor: J.M & Francisco Moroz



viernes, 5 de enero de 2018

Vamos a por todas ( Noche de Reyes)






–Eres muy cabezón chico ¿No te das cuenta que por ahí no se puede pasar y que es peligroso para tu salud, y que por puro capricho nos expones a un peligro innecesario también a nosotros?

– ¿Eso es lo que crees? Lo hemos hecho en otras muchas ocasiones, ¡Sin más! sin pensarlo tanto. Es una meta que nos planteamos cada nuevo año. Por eso estamos aquí, y de aquí no nos meneamos hasta que lo consigamos. 
Siempre hemos esperado esta noche con ansia viva para salir al encuentro de lo que más nos gusta, algo que nos encanta hacer. Una salida anual que preparamos con detenimiento desmesurado, incluso con estrategia planificada para situarnos en el mejor de los sitios.

–Sí muchacho, lo comprendemos, pero es que ya vamos teniendo una edad que pesa en lo que vale. Nuestra agilidad para realizar largas caminatas está muy menguada al igual que las fuerzas para cargar con las bolsas.
¡Y mira! También estamos un poquito hartos con tus retos personales. 
Es la misma cantinela de siempre cuando se acercan estas fechas: empiezas con que tienes muchas ganas, que precisas un subidón de adrenalina, que necesitas vidilla y actividad física. 
Pero esto es desmesurado y cada vez más difícil de lograr. Antes estábamos capacitados y preparados para ello, eramos más jóvenes y… ¡Mira! En el cartel pone claramente que es zona restringida y cerrada al tránsito rodado y que habrá muchas aglomeraciones, pocos accesos… Además ya han pasado muchos años y seguro que no lo vives con tanta ilusión.

– ¡Mirad compañeros si os queréis rajar os retiráis y punto! Ya lo haré yo solo ¡Yo me meto ahí sí o sí! Es tradición, y repetirla los tres juntos año tras año es nuestro propósito desde que tenemos uso de razón ¿No?

–¡Joder Paquito! ¡Si está muy bien! Nos gusta que te fascine la cabalgata y todo eso, pero ya tienes la suficiente edad como para saber que los reyes magos son de mentira, son tíos disfrazados y maquillados. También has de ser consciente que yo con las muletas y el otro con el andador no podremos llegar muy lejos con este mogollón de gente. Al final nos tirarán a empujones y a ver que explicaciones damos en la residencia de ancianos para que no nos encierren en la habitación una semana por habernos escapado a escondidas.

– ¡Ya!, ya! Muchas pegas, muchos inconvenientes y mucho lloriqueo, pero después bien que disfrutáis chupeteando sin la dentadura los caramelos que podemos recoger ¡Y es más! Esta vez para vuestro consuelo yo me comprometo a llevar las bolsas llenas de chuches en mi silla de ruedas para que no os canséis ¡Menudo par de viejos estáis hechos! Yo voy hasta con el pañal mojado y no me he quejado todavía.
¡Hala, espabilad que esto esta petaó y casi no quedan sitios en primera fila!...

¡La madre que parió a los niños! ¡ Siempre están en medio estos mocosos, acaparándolo todo! 
A ver si dejáis alguno para los abuelos ¡Leches!


Derechos de autor: Francisco Moroz




martes, 2 de enero de 2018

Orgullo paterno




Su padre también le dejaba conducir la furgoneta desde que cumplió los dieciséis años. Confiaba plenamente en su pericia como chófer, de tal manera, que después de cada trabajo le decía lo orgulloso que se sentía de él.
Cada vez le daba más responsabilidades, y eso le hacía sentirse útil e importante.

Le había prometido que cuando cumpliese los dieciocho y si seguía por el buen camino, podría involucrarse más y participar de los atracos con un arma en la mano.

Derechos de autor: Francisco Moroz

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